Reconocer nuestros pecados, Misa Dominical

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En tiempos de Jesús a las mujeres que cometían adulterio se les daba muerte lanzándoles piedras.  Hay algunas religiones que aún en la actualidad siguen con estas costumbres.! ¡Horrible castigo morir apedreado!

Esto nos hace recordar a San José, hombre bueno, esposo virginal de la Virgen María, quien al notar que ella estaba embarazada, sin saber que el bebé en su vientre era el Hijo de Dios, engendrado por el Espíritu Santo, pensó “dejarla en secreto para no ponerla en evidencia”.

Distinto fue el caso de los acusadores de la mujer adúltera, que nos trae el Evangelio de hoy (Jn. 8, 1-11).  Estos hombres llevaron a la mujer pecadora, arrastrada hasta donde se encontraba Jesús, con la intención -nos dice el Evangelio- de “ponerle (a Jesús) una trampa y poder acusarlo”.  ¿En qué consistía la trampa?  Si ordenaba apedrearla, ¿dónde quedaban el perdón y la misericordia?, y si no accedía al castigo mortal, ¿dónde quedaba el cumplimiento de la Ley que lo estipulaba?

Pero Jesús, con su Sabiduría infinita por ser Dios, no hace ni una cosa, ni la otra, sino todo lo contrario.  Nos cuenta el relato de San Juan que, sin siquiera levantar la mirada para ver a la mujer culpable, ni tampoco a sus acusadores, comienza a escribir sobre el polvo del suelo.  Como creen que Jesús no les está haciendo caso, insisten.  Entonces el Señor se incorpora y les responde: “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”.  Luego se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.  Poco a poco, uno tras otro comenzó a retirarse.

¿Cuál sería esa escritura misteriosa que con aparente desdén Jesús hacía sobre el polvo?  Algunos piensan que escribía los pecados de los acusadores.  Por supuesto, no les quedó más remedio que escabullirse.

Vemos, entonces, que Jesús propone algo absolutamente nuevo no contemplado por la Ley:  sólo el que esté libre de pecado puede lanzar piedras.  ¿Y quién es el único libre de pecado?  Solamente El, el Inocente que cargó con todos los pecados:  los que posiblemente escribió en el suelo, los de la mujer adúltera y los de cada uno de nosotros.  Y El no pronuncia sentencia, no condena a la mujer.

Se quedan solos la pecadora y Jesús. ¡Qué conmovedora escena!  Ella no se excusa, se sabe culpable, está de pie frente a Él.  Jesús vuelve a levantarse y le pregunta: “¿Dónde están los que te acusaban?  ¿Nadie te ha condenado?  … Tampoco yo te condeno.   Él, que sí hubiera podido tirar la primera piedra, no la condena, la perdona. Pero agrega algo muy importante: “Vete y no vuelvas a pecar”.   Jesús no la apoya en su pecado.  Muy por el contrario:  le ordena que no peque más.

Muchas enseñanzas en este impactante relato bíblico.  Dios conoce todos nuestros pecados, hasta nuestros más escondidos pecados.  Y sólo espera que estemos a sus pies para perdonarnos y pedirnos que no volvamos a pecar.  No debemos temer, por más grave que pueda ser nuestro pecado, por más grande o fea que pueda ser nuestra falta.  Dios lo único que desea es aceptemos nuestra culpa y que nos arrepintamos.

La mujer adúltera no le dijo nada a Jesús, pero su silencio fue la aceptación de su falta; su mejor actitud fue que no buscó excusarse.  ¿Cuántas veces no buscamos y damos excusas para nuestras faltas, en vez de reconocernos culpables?

Jesús escribió las faltas de los acusadores sobre el polvo.  Así escribe las nuestras.  No las escribe en algo permanente.  Quedan allí, en el polvo, hasta que la gracia del perdón, obtenida por el reconocimiento de nuestros pecados, humedece el polvo, y nuestras faltas perdonadas pasan al olvido.

El Señor no quiere acusar, ni llevar la cuenta, sino perdonar y olvidar. Espera que nos arrepintamos de veras y que nos acerquemos a Él en el Sacramento de la Confesión.

Nadie tiene derecho a condenar a nadie.  Nadie puede tirar la primera piedra.  Todos somos culpables de algo.  Reconocer nuestras culpas nos ayuda a no estar pendientes de las de los demás.  No acusar es ya el camino hacia la compasión y el perdón de los demás.  Dios, Quien sí podría acusarnos, no lo hace, pero espera que nos acerquemos arrepentidos a la Confesión para perdonarnos.

Reconocimiento de nuestros pecados, sin excusas, arrepentimiento, Confesión e intención de no volver a pecar es lo único que Dios nos pide.

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